Testimonios

SIGO ESPERANDO JUSTICIA

SUBTERRÁNEO DEL MOP – ESTADIO NACIONAL

Soy graduada de Administrador Público en la Universidad de Chile. Fui funcionaria del Ministerio de Obras Públicas (MOP), de la Dirección de Riego, 5º piso, donde me desempeñé como funcionaria de Control, Jurídica, Atención de público y Cálculos entre los año 1966-1971 y también trabajé en la Unidad de Contribuciones de Riego del Departamento de Explotación (CODE).

En los años 1972-1973 en el Departamento de Planificación y Control desempeñe funciones de control jurídico y de estudio y capacitación funcionaria a niveles administrativo, técnico y profesional, en coordinación con la Corporación de la Escuela Nacional de Adiestramiento, ENA, y la universidad Católica de Chile. En la Comisión Técnica cooperaba con las investigaciones de estudio y organización del Proyecto de la Empresa Nacional de Riego, creada por la ley de Reforma Agraria.

Fui elegida Presidenta de la Asociación Nacional de Empleado por, dos años, a contar del 26 de octubre de 1971 y hasta el 26 de octubre de 1973.

Me detuvieron el 24 de septiembre de 1973. En consecuencia, me detuvieron en mi calidad de funcionaria pública y de presidenta de la Asociación Nacional de Empleados.

Durante todo el gobierno de Salvador Allende hubo un activismo político intenso de la CODE en todos los servicios del MOP. En el año 1973, los líderes principales de la Dirección de Riego eran los ingenieros Joaquín Lagos – que tenía su oficina en el mismo departamento en que yo trabajaba -, y Jorge Gálvez del Departamento de estudios, ambos activistas de la derecha.

Era normal que todos los días circularan rumores que desprestigiaban a la UP generando un ambiente amenazante. A diario se repetían los rumores del inexistente Plan Z con el que aterrorizaban a la gente. Según lo que decían, con este supuesto plan la UP se proponía eliminar a todos los que no apoyaban al gobierno de Allende. Los últimos meses subían y bajaban rumores sobre la confección de listas negras en todos los servicios. Estas listas atemorizaban a muchas personas y otros simplemente no las tomaban en serio. Yo tuve conocimiento de que mi nombre estaba en esa lista del Ministerio que estaban elaborando los funcionarios de derecha. A pocos días del operativo de los militares tuve conocimiento de una reunión de la CODE en el departamento de Estudios. En esa reunión se confeccionó la lista negra de Riego y allí argumentaron que yo era para ellos la más peligrosa, porque la gente me seguía. Yo no me asusté, tuve que tranquilizar a una señora que era secretaria en mi oficina. No pasó por mi mente pensar en lo que ocurriría con esas listas.

Yo tenía conocimiento de que Jorge Gálvez se movilizaba a provincias constantemente para desprestigiar a la directiva de la Asociación de Empleados. Deseaba que nos censuraran para proponer un cambio de la directiva, lo que nunca logró, ya que teníamos un sólido respaldo de las bases. La directiva estaba compuesta por nueve miembros, siete de la Unidad Popular, más un independiente y uno de derecha. Yo era la única mujer.

17 DE SEPTIEMBRE DE 1973, PRIMERA DETENCIÓN

Jorge Gálvez se presentó a mi oficina acompañado de un civil y un militar, para que me detuvieran. Me llevaron al 6º piso, a la oficina del subsecretario donde no había ningún mueble, pero estaba atestado de militares armados. Me dejaron en la oficina privada del sub-secretario. Ahí había un escritorio y una silla y quedé bajo la custodia de un militar. Pasé dos horas en silencio, horas eternas. Mis hijas eran mi gran preocupación. Incluso llegué a pensar que me iban a matar, tenía la boca seca y las piernas me temblaban. Por fin llegó la persona que esperaban, un oficial de la Aviación de imponente presencia y alto rango. Centró su interrogatorio en los disparos efectuados desde el MOP el día once de septiembre.

El militar insistía en los disparos del MOP, aunque le expliqué que ese día no había locomoción, que había tenido que venirme a pie al trabajo desde Peñalolén y que en Irarrázaval con Bustamante me había recogido en su vehículo Carlos Albrich, jefe de la Dirección de Arquitectura. Juntos habíamos tratado de llegar al Ministerio, pero nos había sido imposible, porque todos los accesos estaban cerrados y con militares. Le expliqué también lo que comentaba el personal por los pasillos, decían que ningún funcionario había disparado, que los que habían disparado eran los miembros de la Guardia de la Moneda que habían ingresado al MOP a combatir y que después de disparar se habían marchado y nadie los conocía. El militar cambió de tema: puso el de la existencia de armas en el Ministerio y comenzó pasándome una bayoneta en su estuche de color negro. Me explicó que era una bayoneta importada por el Estado para el personal militar. Luego me pasó otra en su estuche de color verde para que la examinara como lo había hecho con la negra, y me explicó que esa era de procedencia soviética. Insistió en que la observara bien, pero ahora cambió de voz, subiendo y bajando el tono. Me dijo que él sabía donde estaban las armas y, según él, yo también lo sabía, y que mi única alternativa era “decirlo”. A mi parecer, o se cansó o me creyó. Se paró repentinamente, tomó mi abrigo, que estaba con todo el forro desprendido, ya que al llegar me lo habían descosido para ver si ocultaba algo. Me preguntó si quería ir a trabajar, le contesté que sí. Me puso el abrigo sobre los hombros y le ordenó a su ayudante que me acompañara a mi oficina.

Siempre me he preguntado qué me hubiera ocurrido si la mañana del once hubiese llegado a mi trabajo, como mi esposo. Efectivamente, ese día no hubo locomoción desde Peñalolén. Esa mañana escuchamos la noticia del bombardeo por la radio de la Universidad Técnica. Mi esposo salió a las seis de la mañana rumbo a la Universidad Técnica, donde era profesor de filosofía y Jefe de Área de la Escuela de Filosofía. Desde ese día mi esposo no regresó a la casa y no sabíamos nada de él. Posteriormente supimos que había estado en el Estadio Chile.

24 DE SEPTIEMBRE, SEGUNDA DETENCIÓN

Ese día, a las nueve de la mañana, comenzó a realizarse un minucioso operativo en todo el Ministerio. Empezaron por el piso 11. Había civiles que entraban oficina por oficina pidiendo el carné de identidad. Devolvieron algunos, pero los militares detuvieron a todas las personas a las que nos retuvieron los carné. Nos llevaron al subterráneo y al pasar por el quinto piso vimos por el ventanal de la oficina del Director de la Dirección de Riego -que ese día no llegó a trabajar- a Jorge Gálvez. Estaba encima del escritorio del Director, saltando y gritando, eufórico. Señaló a varias personas y al señalarme a mí, dijo: “Éste es un personaje tenebroso”, e individualizó a otras, diciendo que eran mi mano derecha. Chillando decía: “¡Y todavía son funcionarios del Ministerio!”

En el subterráneo, los militares nos dijeron que debíamos esperar allí para saber lo que pasaría con nosotros. Más o menos a las 7 de la tarde nos sacaron del subterráneo a la calle, y vimos unos buses verdes a los que nos hicieron subir a hombres y mujeres, agachados para que no nos vieran desde afuera y con la advertencia de que dispararían a cualquiera que intentara asomarse para que lo vieran. Los buses partieron. Ninguno de nosotros sabía hacia qué destino nos llevaban ni lo que nos esperaba. Cada uno de nosotros pensaba lo peor, debido a las informaciones que ya teníamos sobre la detención de otros compañeros en distintas partes. Lo que más nos angustiaba era pensar en la familia, sobre todo en nuestros hijos.

Llegamos a nuestro destino, que era el Estadio Nacional, por la calle del Instituto Bacteriológico, ubicado en la avenida Maratón. Entramos al Estadio y nos formaron mientras decidían lo que iban a hacer con nosotros. Ahí fuimos testigos de lo que estaba ocurriendo en este recinto deportivo, vimos como arrastraban a muchas personas hacia algún lugar, con sus piernas que parecían quebradas, muy malheridos y sangrando. Finalmente, separaron a los hombres de las mujeres y a nosotras nos llevaron a un lugar que ya estaba completamente lleno. Ahí pasamos la noche y al día siguiente nos llevaron a todas a un camarín de la piscina. Era el día 25 de septiembre.

SEPTIEMBRE 30 DE 1973, 6 AM

Ya estábamos levantadas, nos traen un pan y una taza de algo caliente y después nos ordenan que nos formemos para llevarnos al Velódromo. Marchamos de tres personas por fila y en ese lugar nos anunciaron que nos iban a interrogar. A cada grupo le tocó un interrogador diferente, que podía ser civil o militar. La guardia de ese día era de Punta Arenas y fue la más dura. A mí me tocó formar con una compañera de la administración pública y una del MOP. Nuestro interrogador era un civil. Llamaron primero a la compañera de la Dirección de Obras Portuarias. Yo estaba en segundo lugar. Me dejaron esperando mi turno sentada en la gradería de la parte de atrás del Velódromo y lo único que se me ocurrió fue encomendarme a Dios. Al mirar el lugar sentí un estremecimiento, se sentía la existencia de los espíritus de las víctimas que allí habían muerto. Ya no sentí miedo, por el contrario, sentí que esos espíritus me acompañaban. No me moví del lugar donde estaba sentada, y a mi lado se sentó un perro vago que no se apartó de mi lado hasta que llegó mi turno. Mi interrogador centró su interés en mi quehacer sindical y mi participación en marchas y concentraciones de la Unidad Popular. El interrogatorio a mi compañera fue similar. Este sujeto, aunque ciertamente enérgico, no nos produjo miedo. No le sucedió lo mismo a una estudiante argentina, a quien la interrogó un militar. Ella nos contó llorando que el tipo era un degenerado, muy degenerado, y que creía que jamás podría volver a sonreír.

Como a las dos de la tarde ya habían interrogado a unas 60 mujeres y a unos 200 hombres. Alrededor de las cinco nos sacaron del Velódromo. De pronto vimos que los militares recibían continuamente diferentes órdenes y nosotras nos asustamos cuando escuchamos sonar algo en sus armas. Mis compañeras me explicaron que eso se llamaba “pasar la bala”. Más o menos a las siete se inició la marcha de todos los prisioneros interrogados hacia el Coliseo. Las mujeres no seguimos caminado hacia la piscina, sino que nos ingresaron al Estadio, dejándonos formadas mientras los soldados corrían de un lado a otro haciendo sonar sus armas. De pronto comenzó una fuerte y larga balacera, tampoco los hombres habían alcanzado a entrar a los camarines y desde arriba, como que si se desgranaran las graderías, apareció corriendo un gran número de soldados armados. Nosotras seguíamos formadas, imaginando diversas cosas sobre lo que estaba sucediendo y nos pusimos de acuerdo para no movernos de ese lugar, evitando cualquier movimiento, porque si nos movíamos eso podría acarrearnos graves consecuencia. Parece que los hombres pensaron lo mismo, pues entraron a sus encierros en forma ordenada.

Después de encerrar a los hombres, nos llevaron a la cancha y nos hicieron salir hacia la Avenida Grecia y, como en las películas de guerra, nos hicieron caminar y cada 2 o 3 metros nos ordenaban que nos tiráramos al suelo. Como habían regado mucho ese sector, había mucho barro, pero con su voz gutural nos ordenaban una y otra vez que nos dejáramos caer en el barro. Al día siguiente un soldado nos contó que a un conscripto se le había caído una granada y que eso había sorprendido al sargento y había causado todo ese operativo. Todas percibimos que algo muy delicado había sucedido ese día. Ahora estábamos con la guardia más dura, la de Punta Arenas. Muchos pensamos que lo que quisieron los militares era que nosotros creyéramos que afuera había gente armada y que era el momento propicio para huir. Algunos que lo creyeron lo intentaron, pero fueron acribillados.

Me llamaron a un segundo interrogatorio, esta vez me interrogó un militar. La pregunta específica fue si desde el Ministerio teníamos un paso oculto hacia el Banco del Estado. Yo le contesté que nunca había sabido nada de eso, lo que lo indignó mucho, porque si él lo decía era porque así era. Me asustó su ira y mucho más me asusté cuando a renglón seguido me preguntó por mi familia, porque estaba enterado de todos quienes componían mi grupo familiar. Cada vez que hacían un interrogatorio, escribían en un documento su opinión y la resolución. Esta vez él escribió: en libertad provisional. Pasaron varios días y una noche, como a las 3 de la mañana, nos sacaron al patio a varias compañeras que teníamos la misma sentencia para comunicarnos que habían cambiado esta sentencia y que continuaríamos detenidas.

Quiero contarles que mientras estuvimos en el Estadio el camarín de las mujeres dio muchas luchas que, en algunas ocasiones, tuvieron resultados. Por ejemplo, pedimos que nos permitieran reunirnos con nuestros familiares, que estaban presos en el mismo lugar. Fue tremendamente emocionante el encuentro con el hijo o el esposo y también de algunas compañeras con su padre. Algunos compañeros venían muy maltratados, con las heridas abiertas, cojeando. Otros se apoyaban en un compañero y trataban de disimular su estado y sus dolores para que nos preocupáramos. Nosotras actuábamos de la misma manera, y cada uno trataba de demostrar que habíamos logrado engañarnos mutuamente. En una de esas visitas mi esposo me contó que uno de los torturadores era un compañero nuestro, miembro del Comité Regional del PC. Así de infiltrados nos tenían. En una oportunidad supimos que había venido una delegación extranjera días antes, que había estado con los hombres y que en los noticiarios de la televisión y en los diarios habían dicho que los presos del Estadio estaban muy bien y que hasta se divertían con actividades artísticas. Nosotras decidimos recibirla en cuclillas para evitar que nos sacaran fotografías.
Muchas noches, cuando no

podía conciliar el sueño, me levantaba silenciosamente y saltaba por entre los cuerpos dormidos de mis compañeras. En esa hora, que me pertenecía completamente, me encerraba en el baño y a través de la alta ventana que había en ese lugar, miraba intensamente el cielo. Entonces, pensaba que bajo esas mismas estrellas o bajo esas mismas nubes, bajo la amplia copa azulada de ese cielo inmóvil e inconmensurable, estaban durmiendo mis hijas. Entonces me acostaba subrepticiamente junto a ellas y volvíamos a compartir la misma cama, el mismo calor de nuestra casa y, sin los miedos y pesadillas de este presente opresivo, soñábamos hermosos sueños bajo ese cielo que velaba por nosotras.

Entre todos nuestros custodios, había un suboficial cuyo apellido creo que era López. Él era muy buena persona, se acercaba a las rejas donde familiares y amigos tiraban comida, cigarrillos y mensajes y en cada vuelta a la reja recogía algunas cosas para nosotras. En una oportunidad le sorprendieron entregándome unos cigarrillos donde venía un mensaje de mis hijas y fue castigado severamente. Apareció como cuatro días después y le contó a una compañera… ¡QUE LE HABIAN DADO MUY FUERTE! Este caso, que fue la excepción, nos dejó claro que aquellos que se comportaban con tanta crueldad lo hacían porque tenían la oportunidad de satisfacer su demencia y su sadismo ¡Eran verdaderos dementes!

NOVIEMBRE 7

Suben a los hombres a los buses, supimos que los enviaban al norte. Los buses a los que nos subieron a nosotras nos trasladaron a la Correccional de Mujeres. Esto generó entre nosotras un sentimiento de gran vejación, ya que se trataba de un presidio para delincuentes comunes.

Mis hijas fueron a dejarle un poco de ropa a su padre y se despidieron de él. A mí me habían llevado una cartita. Nos mirábamos desde lejos, porque no les permitían acercarse. Una de mis hijas que estaba llorando igual que sus hermanas, se acercó a un oficial y le dijo que tenían una carta para mí y que por favor le permitiera entregármela. “Muy conmovido, el oficial -que resultó ser el mismo que castigó al cabo buena gente-, llamó al mismo cabo que había castigado para que me entregara la misiva. ¿Quién lo entiende? me dijo el cabo, por hacer esto mismo este huevón me castigó…

DICIEMBRE 25

Sale en libertad América Zorrilla. Todas nos alegramos mucho, pues ella fue una de las compañeras más torturada por los infames del Estadio Nacional, sólo por ser hija de un Ministro del presidente Allende. Durante nuestra estadía en prisión mantuvimos una linda amistad y la recuerdo siempre con mucho cariño. Ella tiene un sitio especial en mi corazón.

DICIEMBRE 31

Con mucha alegría salimos en libertad un grupo de diez mujeres, pero también con mucha pena por nuestras compañeras y amigas que se quedaban…

Al llegar a mi casa, mis hijas no se cansaban de acariciarme, de tocarme los brazos, como para estar seguras de que me tenían a su lado. Pero mi esposo seguía preso y había sido enviado al campo de Concentración de Chacabuco. Salió en libertad sólo a fines del mes de marzo.

A partir de entonces tuvimos que enfrentar la cesantía. El oficial que nos comunicó la libertad nos dijo: Ustedes fueron totalmente investigadas. Nos informó que en la Intendencia había una comisión donde debíamos acudir para obtener nuestra reincorporación a los lugares de trabajo de donde, por decreto, habíamos sido expulsados…
Esa diligencia no dio ningún resultado, porque las innumerables veces que acudí a la Intendencia nunca me permitieron entrevistarme con alguien que tuviera autoridad para resolver mi situación. Tampoco tuve respuestas a las presentaciones escritas que presenté.

Durante largo tiempo sobrevivimos haciendo y vendiendo artesanías y con los comestibles que nos entregaba la Cruz Roja, a la que siempre agradeceremos su ayuda. Nuestra situación mejoró un poco cuando un profesor amigo de mi esposo fue ascendido y lo dejó como reemplazante en un Liceo de Ñuñoa. Posteriormente, conseguí algunas horas de clase de Administración en un Instituto Particular, el ECASEK.

Cada día que recuerdo estos hechos no puedo dejar de pensar en los funcionarios del Ministerio que fueron responsables de tanta injusticia, en aquellos que le entregaron a los militares las famosas “listas negras” de sus compañeros de trabajo que militaban en los Partidos de izquierda o simplemente simpatizaban con la Unidad Popular. En su odio de clase, no vacilaron en entregar nuestros nombres para que nos detuvieran, sabiendo que nos exponían a los más terribles destinos. Nunca podré olvidar, por ejemplo, a los funcionarios de la Dirección de Riego Joaquín Lagos y Jorge Gálvez, que actuaron en forma sediciosa y colaboraron con los organismos represivos. Antes del golpe viajaron desde Arica hasta los Ángeles sembrando el terror entre los trabajadores a los cuales trataban de convencer que serían eliminados por el supuesto Plan Z. Ellos fueron los que acompañaron a los militares que chequearon los carné y nos seleccionaron para tomarnos como prisionero de guerra. Algunos sobrevivimos, pero muchos ya no están con nosotros. Destruyeron nuestras carreras profesionales y cambiaron dramáticamente nuestra calidad de vida, produciéndonos una angustia permanente. Muchos nos enfermamos y otros, al no poder siquiera compartir los terribles momentos vividos, se refugiaron en el alcohol y murieron prematuramente.

Mi marido nunca me contó los horrores que vivió en el Estadio Nacional, pienso que lo hizo para que yo tampoco lo hiciera, porque le angustiaba saber lo que me habían hecho. Mis hijas no pudieron tener la educación que nosotros habíamos planificado para ellas. Mi esposo y yo nos habíamos preparado académicamente, ambos éramos buenos profesionales en nuestras respectivas áreas y la dictadura hizo mierda nuestro proyecto de vida ¡HE SOBREVIVIDO A TODO ESTO! Sin embargo, hoy me encuentro muy enferma, afectada por graves e irreversibles enfermedades a la columna, cadera y rodillas. ¡Y SIGO ESPERANDO JUSTICIA!

ROSA SILVIA PRENAFETA CORREA
RUT: 3.462.365-1